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         Prólogo
                  Por D. Julián Álvarez Villar
 

     No hace mucho estuve relacionado con El Burgo de Osma, en los Cursos de Verano organizados por el profesor Redondo Lagüera en el magnífico edificio de su antigua Universidad creada por el prelado Álvarez Acosta en el siglo XVI. Entonces conocí esa bella ciudad tan llena de historia y arte, disfrutando en mi deambular por los soportales de sus típicas calles y plazas, en las que cada rincón, casa o palacio producen continuamente la sorpresa y el interés del visitante. Tuve ocasión de conocer a don José Arranz en la catedral y disfrutar de su compañía por los claustros y dependencias, recordando las charlas en la Plaza Mayor a la vera del Ayuntamiento y del espléndido Hospital de San Agustín, con Jesús Alonso Romero y conocer sus interesantes publicaciones sobre El Burgo y más tarde visitar la Exposición que, organizada por la Escuela de Arquitectura de Valladolid sobre "La Capilla Palafox y el espacio de planta centralizada", fue para mí tan interesante como oportuna para mí recién llegado de la ciudad mejicana de Puebla, donde conocí la interesante, rica y artísticamente bella biblioteca que el Virrey Palafox y Mendoza había fundado en la Nueva España durante su mandato, antes de su promoción al Obispado de El Burgo, donde en su honor se construyó esa importante capilla en la cabecera de la catedral, que sirvió de magnifico pretexto para reunir en El Burgo planos y documentos de otros espacios similares en España.

 
     En torno a esa capilla de la catedral numerosos rincones sorprenden al visitante, pero ahora tengo que recordar la amplia plaza frente a su portada principal,donde en una de las casas entramadas de ladrillo llamó mi atención un escudo del Valdés por ser el arzobispo don Fernando Valdés quien fundó el Colegio de San Pelayo en Salamanca donde, bien rehabilitadas y reconstruidas sus ruinas, se ha instalado la Facultad de Geografía de Historia en cuyo Departamento de Historia del Arte desarrollé parte de mi labor universitaria.
 
     Y en ese año de 1994, en el VII Curso de Verano en que tomé parte en la antigua Universidad de Santa Catalina, comenté a propósito del curso sobre el Renacimiento y el neoclasicismo español, entre otras materias, el valor que en el arte y la historia tenia la heráldica comentando la variada riqueza que El Burgo tenía en sus calles, iglesias y otros edificios, lanzando la invitación a que alguno de los asistentes decidiera a hacer un estudio que desvelara "el enigma" que para gran parte de la población, incluso culta, encierra esta ciencia auxiliar de la Historia, que en muchas ocasiones resulta decisiva para resolver problemas que la carencia documental imposibilita.
 
     El interés que yo intentaba despertar en los asistentes venía reforzado por las publicaciones citadas y que tanto han contribuido al conocimiento de El Burgo a través de sus estudios y por el calor que en ellas se respira, por lo que creyendo percibir un clima propicio me permití sugerir que si alguien se sintiera atraído por el tema y con fuerza para realizarlo, podía contar con mi ayuda y orientación. Tuve la gran satisfacción de que terminado el ciclo, dos asistentes manifestaron su deseo de efectuar el trabajo sugiriendo dividir la materia para que se pudieran cumplirse ambos deseos, quedando en contactar conmigo para entre los tres encarrilar los planes de las dos investigaciones. Hasta aquí mi alegría por lo que se proyectaba porque transcurrido el tiempo hasta hoy, no he recibido comunicación alguna, cayendo mi gozo en un pozo.
 

     Pero el azar es sorprendente, porque esperó el momento propicio y años después, también con ocasión de actividades culturales, en este caso de la Institución "Alfonso El Sabio" de Salamanca, cuyo fundador y director don José Luis de Celis ha fallecido en estos días de enero, conociera entre las personas asistentes a los cursos y actos de la entidad precisamente a la propietaria de esa casa de tradición constructiva medieval de El Burgo, con escudo de Valdés, frente a la catedral, que para mí sorpresa estaba interesada y trababa en descifrar, identificar y completar todo lo posible de los escudos de su ciudad natal. AsÍ conocí a doña Maria Teresa Pascual que me propuso la posibilidad de recuperar tanto la idea como el tema, idea que desde el primer momento me pareció interesante, apoyándola y brindando mi colaboración para lograr su empeño. Cambiadas las primeras impresiones y con una orientación bibliográfica inicial comenzó su tarea con gran entusiasmo.

 
     A través de su esfuerzo, comenzó por acercarse al no muy claro lenguaje, convencionalismo y clasificación de la Heráldica, inseparable de la genealogía, la consulta de bibliografía en no pocos casos rancia, pero imprescindible que la llevó a los archivos Catedralicio y Municipal de El Burgo, de Protocolos de Soria, a la Biblioteca de la Universidad de Salamanca y a la consulta de diccionarios heráldicos y Armoriales, sin olvidar cierto acercamiento a la Paleografía, todo ello indispensable. Así ha podido comprobar en el no breve tiempo que ha dedicado a su trabajo, que la Heráldica es muy bella y atractiva, pero un tanto esquiva cuando se niega a permitir que consigamos nuestros propósitos. Porque eso ocurre con frecuencia en estos trabajos que no se pueden librar del blasón desconocido, del cuartel de escudo dudoso, o de una posible alianza familiar.
 
     Pero no debemos cargar toda nuestra decepción en la Heráldica, pues todos hemos visto trasladar piezas armeras a otros lugares, porque "hace bonito" o porque "lo llevo a mi finca como adorno", sembrando la confusión y perplejidad de quien se interesa por algún escudo, sin poder evitar nuevamente la cita de un escudo procedente de la localidad salmantina de Cantalpino que se llevó Seseña el Viejo en la provincia de Toledo, o en la misma Salamanca el rollo de las Bernardas con escudos Anaya y Herrera, que se llevó primero a la Plaza de Santa Teresa, para trasladarlo al alto del Rollo, sin que se aprovechara la actual remodelación del Alto para rectificar lo que no se debió hacer, situándolo en el claustro de lo que fue convento de las Bernardas, hoy Escolapios. Más casos se podrían citar pero es mejor invitar a que, cuando por imperativo de un inevitable derribo, haya que trasladar una piedra armera, se haga constar en el lugar de destino junto a la propia pieza o en documento fehaciente, la procedencia que facilite a los investigadores conocer el sitio para donde se hizo. Allí es donde tiene o tuvo valor, no descontextualizada y lejos del ambiente histórico para el que se hizo y colocó, y si no, pensemos en quien se proponga relacionar con Toledo el escudo de Cantalpino... Casos hay en El Burgo, como comenta la autora.
 
     Pero volviendo al libro que ahora se publica, es merecedor de todo aprecio por su aportación, nada fácil en general, pero sobre todo recordando que quien lo ha hecho, se decidió a realizarlo pensando en su pueblo, contribuyendo así a valorar a través de un estudio nada frecuente y tan lleno de dificultades, que por sí sólo se elogia. Y lo digo con la experiencia de haber estado junto a quienes en un momento de su vida, hicieron algo similar partiendo de unos conocimientos que el mundo universitario pone a su disposición, haciéndolo, si no más fácil ofreciéndoles la oportunidad de deslizarse por el camino de la investigación progresivamente, con el obligado apoyo y disponiendo de auxilios que por sus estudios les vienen dados. Pero no siendo éste el caso que nos ocupa, llega el momento de que el lector juzgue y valore esta importante aportación a la historia de El Burgo de Osma y de sus prelados, así como a la Heráldica española que, como en casos similares, la lleva a cabo quien vive en la localidad o está vinculado con ella y sintiendo el impulso que llevó a la autora a hacerlo.
 
     Tenemos que felicitarnos de que El Burgo de Osma tenga desde ahora una obra más de sus historia, fruto del interés y la preocupación de quien vio en ella la luz, a la que felicito desde las primeras páginas de su trabajo.
 
 
Julián Álvarez Villar
Universidad de Salamanca
 
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